Habían pasado doce años desde aquella noche en que el cielo se cubrió de luces semejantes a estrellas. La mayor parte de los que habían podido contemplarlas ya lo habían olvidado por completo; otros lo conservaban entre sus recuerdos, como una vivencia más, bonita, pero sin nada en especial.

Aquel sábado había amanecido algo nublado y lluvioso, pero ello no impidió a los habitantes de Dirdam salir a pasear, hacer la compra o hacer recados. O hacer deporte, como era el caso de una adolescente que cruzaba el centro de la ciudad corriendo.

Dos manzanas más y llegaría a su destino. Ya estaba agotada, ese día había decidido correr más tiempo del habitual; necesitaba calmar de alguna forma la rabia que sentía desde la noche anterior. Pasó delante de un quiosco cuando le quedaba apenas media manzana por recorrer y se paró en seco con los ojos fijos en la primera plana de los periódicos. La ocupaba una gran foto a color de una tiara de oro blanco y diamantes engarzados que perteneció a la emperatriz Sissi. El titular rezaba: «¡El sorprendente robo de la tiara de Sissi!», y daba la fecha de la noche anterior. Por lo general, en la ciudad de Dirdam, era habitual ese tipo de noticias, pero esta era diferente: no había sido ella quien la había robado.

Todavía sentía en el cuerpo la sorpresa que se había llevado la noche anterior, cuando, tras atravesar con gran habilidad la seguridad del museo, llegó a la sala y encontró el podio que debía contener la tiara completamente vacío. Bueno, no estaba completamente vacío en realidad; había un trozo de papel cuidadosamente doblado con unas palabras escritas dirigidas expresamente a ella:

«¿Quién eres?».

Se había quedado tan ensimismada repasando los acontecimientos acaecidos la noche anterior que ni siquiera se dio cuenta de que había empezado a caer una suave lluvia. Algunas personas se la quedaban mirando al pasar por su lado; debía de parecer tonta. Sacudió la cabeza, se acercó al quiosco y cogió uno de los periódicos que pagó al momento y se fue sin esperar el cambio.

—Buenos días, señorita Eva —saludó el portero nada más entrar en el edificio en que vivía—, ¿cómo se ha dado hoy?

—Creo que todavía no estoy preparada para añadir más tiempo —respondió con una sonrisa forzada.

El hombre se fijó en el periódico que llevaba bajo el brazo.

—No sabía  que le gustara leer el periódico —comentó sorprendido.

—Suelo leerlo en el smartphone pero… no sé, me apetecía variar un poco.

Se metió en el ascensor que previamente ya había llamado él.

Vivía en un amplio y luminoso ático perfecto para ella. Tiró el periódico sobre la mesita del salón y fue a ducharse en primer lugar, antes de quedarse fría y arriesgarse a enfermar. Luego se recogió la melena castaña en una coleta, se puso unos pantalones grises de chándal y un polo morado de manga corta, y se preparó el desayuno, que colocó en una bandeja para llevarla al salón y dejarla sobre la mesa de café. Cogió una de las tostadas con mermelada de ciruela y la mordió mientras, con la mano izquierda, abría el periódico y leía la noticia detenidamente.

—¿Nos enfrentamos a otro criminal o a un héroe que está desafiando a Hairblue? ¡Ja!

Lanzó el periódico al otro lado del sofá y se bebió el zumo dando pequeños sorbos. ¿Quién podía haber sido capaz de burlar la seguridad del museo y adelantársele en el robo?

Escuchó el sonido de una llave hurgando en la cerradura. Miró la hora. Ya pasaban de las once, pero no les esperaba tan pronto.

—Pasad, chicos. ¡Eva, tus amigos están aquí!

La joven se incorporó y les miró confundida.

—¡No me digas que no has leído los mensajes! —le regañó una chica de pelo rubio y largo recogido en una trenza—. Siempre nos haces lo mismo…

—He llegado y me he puesto a desayunar, no voy a estar todo el día pegada al móvil.

—Mira que eres rara —comentó su amiga al tiempo que su smartphone sonaba y lo sacaba para mirar el mensaje.

Daniela carraspeó y Eva se dio cuenta de que no estaba haciendo lo apropiado. Se levantó y dio dos besos a los adultos, Daniela y Rubén, sus tutores legales. Ella era morena de pelo rizado y piel tostada, más baja que la adolescente y algo rolliza. Él rubio, de complexión fuerte, ojos azules y estatura media. Tenía locas a todas las amigas de Eva.

—¿Qué tal el viaje? Os he echado de menos.

—Ya sabes… negocios… —le guiñó un ojo Rubén. Luego ambos se fueron a su dormitorio a deshacer la maleta.

—¡Cómo te envidio! —le dijo Iris guardando el móvil en el bolso—. Tus padres adoptivos están siempre de viaje, ¡ojalá los míos lo hicieran! Así al menos no tendría que soportarles.

Iris, aparte del cabello rubio, tenía unos ojos marrones espectaculares, la piel blanca y un cuerpo que cuidaba a diario y que vestía siempre con ropa de marca. Dio dos besos sonoros a su amiga y se sentó en el sofá. Javi hizo lo propio tras quitarse las gafas de sol para colocárselas sobre la cabeza y mostrar sus ojos azules como el mar. Tenía el pelo negro que siempre llevaba engominado y un cuerpo atlético, que también solía vestir con buenas marcas. Virginia fue la siguiente en besar a Eva y seguir a sus amigos al sofá. Era una chica de pelo moreno corto, ojos pequeños y marrones y cuerpo algo rollizo al que apenas prestaba atención; no le importaba su físico en absoluto, solía vestir con ropa ancha con colores cantosos, no siempre de marca. Por último los hermanos, Marcos y Hugo; eran mellizos y no podían ser más distintos: Marcos era rubio, de ojos marrones, rollizo y más bajo que su hermano. Hugo tenía el pelo castaño, los ojos verdes, era alto y delgado, con la piel más morena que la de su hermano.

Todos tenían la misma edad que Eva, catorce años. Se habían conocido en el instituto.

La joven se sentó sobre la alfombra frente a los que estaban en el sofá. Hugo se sentó junto a ella y su hermano ocupó uno de los sillones. Javi cogió el periódico que había a su lado y lo ojeó.

—¿Desde cuándo compras el periódico?

—Desde que tú te pones gafas de sol en un día nublado y lluvioso.

—Creía que hacía sol.

—¿No miras afuera antes de salir? —le preguntó Virginia.

—Si no me hubieras metido prisa, habría podido hacerlo, Vir —repuso sarcástico.

—¡No me llames Vir!

Javi y Virginia eran vecinos desde pequeños, así que se conocían de toda la vida. Ella odiaba que la llamaran «Vir» y él siempre lo hacía para picarla.

—Como quieras, Vir.

La chica trató de darle una colleja, dando también a Iris que había vuelto a sacar el móvil.

—¡Eh! Que estoy en medio.

—¿Podemos ir al grano? Ya que me habéis sacado de la cama, por lo menos no me hagáis perder el tiempo —intervino Marcos con un bostezo.

—Eso, ¿para qué habéis venido?

Javi giró el periódico y les mostró la gran noticia que ocupaba la primera página. Eva puso los ojos en blanco. Los chavales de su edad solían ir al cine, a la bolera, al parque, jugar a videojuegos… ellos, aunque hacían algunas de estas cosas, también se dedicaban a jugar a los detectives: trataban de averiguar la verdadera identidad de Hairblue. ¿Por qué? Porque sí.

—Alguien robó ayer la tiara… alguien que no es Hairblue.

—¿Y si lo hizo Hairblue pero quiere que pensemos que no fue ella para desviar la atención? Así no solo la investigan a ella y puede moverse un poco más libremente —apuntó Iris, mirando a ratos su móvil, a ratos a sus amigos.

—Podría ser… pero no creo que sea su estilo atribuirle el robo a otro. Le gusta que hablen de ella, de lo contrario sería más discreta —comentó Marcos.

—Entonces, ¿quién puede haber burlado la seguridad del museo y a la propia Hairblue para robar la tiara? —preguntó Virginia acariciándose la barbilla.

Todos se quedaron pensativos.

—¿Creéis que tal vez la estén desafiando? —inquirió Eva examinando sus caras.

Guardaron silencio un rato, ninguno se lo había planteado.

—Quién sabe, pero de ser así… ¿es alguien que piensa detenerla o supondrá un nuevo problema para la ciudad?

Se miraron unos a otros reflexionando en las palabras de Javi. No habían caído en la cuenta de ello. Si alguien osaba desafiar a Hairblue, ¿era un héroe u otro criminal del que preocuparse?

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