A pesar de la gran e inesperada noticia que ese día corría por toda la ciudad, los seis amigos quedaron por la tarde para hacer cosas de chicos de su edad: jugar a los bolos Los últimos en llegar fueron los hermanos, que aparecieron acompañados de un chico de dieciocho años. Ya le conocían, se trataba de un primo segundo que a veces iba a la ciudad y salía con ellos.

—¡Hola a todos! —saludó.

No solía dar dos besos, por lo que ninguno se acercó a él a hacerlo. Nadie diría que era primo de Hugo y Marcos, su pelo era negro azabache, ojos color miel, más alto que Hugo y de complexión fuerte.

—¡Hola, Gorka! —les respondieron Virginia y Eva al mismo tiempo.

Iris alzó la mirada, hizo un gesto con la cabeza y volvió a centrarse en su móvil.

—¿Quieres dejarlo ya? —le pidió Virginia—. Vamos a comenzar la partida.

—Un momento… —siguió escribiendo a toda prisa— y ya lo dejo… ¡listo!

Hugo acompañó a su primo a por unas zapatillas de su talla mientras los demás se cambiaban el calzado.

La partida estuvo reñida, acabaron por empatar Javi y Virginia, aunque ella jugaba con ventaja, pues se bajaba las barras laterales, ya que si no lo hacía, la bola se le iba siempre a los canales laterales.

—¿Echamos otra? —Javi estaba deseoso de demostrar que podía quedar por encima de alguien que jugaba como los niños pequeños.

—Yo tengo el brazo dolorido ya —se quejó Iris.

—A mí no me apetece más por hoy —continuó Marcos—. ¿Por qué no vamos al parque?

Todos se mostraron de acuerdo, de modo que fueron a una tienda de alimentación donde compraron bebidas frías y bolsas de patatas.  Gorka se compró una cerveza que algunos miraron con desagrado. Luego fueron todos al parque donde algunos grupos de gente de su instituto hacían botellón. Escogieron un banco vacío y Hugo, Iris y Virginia se sentaron en él. Javi abrió una de las bolsas mientras los hermanos se hacían con otras y Eva empezaba una de las botellas de drimcola a la que dio un sorbo.

—¿Qué sabéis del robo de anoche?

Gorka estaba al tanto de la curiosidad que los chicos sentían por Hairblue y sus ansias por desenmascararla.

—Que no lo hizo ella —respondió Hugo con voz enigmática.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Es lo que han dicho en todas las noticias.

—Además —intervino Virginia—, han mostrado los vídeos de seguridad del museo y se ve a Hairblue llegando y quedándose sorprendida al ver que la tiara no estaba.

—¿Os habéis fijado en que en la grabación estaba justo delante del podio y luego, de repente, saliendo por la puerta?

—Eso es porque no ponen la grabación completa, solo fragmentos —respondió Iris quitándole importancia al dato que acababa de aportar Javi.

—Pues yo creo que es una muestra de su poder —afirmó él.

Todos soltaron carcajadas. Javi era muy fantasioso y estaba convencido de que Hairblue tenía algún tipo de poder. Ya había propuesto el hipnotismo, la telequinesis, la rapidez del rayo y la invisibilidad.

—¡Claro! ¿Puede aparecer donde quiera chasqueando los dedos? —preguntó Hugo con cierta ironía.

—¡Os digo que Hairblue tiene poderes! Si no, ¿cómo es posible todo lo que hace? Se ha enfrentado a policías bien entrenados e incluso a militares. ¿Habéis visto cómo lucha? Es impresionante. Y nunca deja huella, hace que veamos lo que ella quiere que se vea…

—Javi, déjalo —le pidió Marcos.

—¿Por qué no puede tener razón vuestro amigo? —inquirió Gorka dando varios sorbos a su cerveza—. Parece que esa chica hace cosas que nadie es capaz de hacer.

—Con entrenamiento seguro que cualquiera de nosotros podría —comentó Hugo encogiéndose de hombros y apurando la bolsa que tenía entre manos.

—Hace algunos años, donde vivo, salió en las noticias el incendio de un edificio. Todos los vecinos lograron salir por suerte, solo hubo un muerto. Pero cuando los bomberos penetraron en el edificio, alegaron que aquel fuego no quemaba, ni siquiera emitía calor. ¿Cómo explicáis eso? —Dio otro trago a su botella—. A veces hay cosas que no se pueden explicar. ¿Magia? ¿Sucesos paranormales?

—Recuerdo esa noticia —le interrumpió Virginia con el ceño fruncido—, ¿no dijeron también que el fuego había quemado unos productos tóxicos y que tras extinguirse el incendio, aquellos que los habían aspirado habían tenido alucinaciones tales como que un fuego que no quemaba seguía consumiendo el edificio?

—Siempre se busca una explicación racional para lo irracional.

—O se da la explicación en base a los acontecimientos reales que sucedieron.

Ambos se sostuvieron la mirada, estaba claro que no iban a ponerse de acuerdo.

Eva miró la hora en su reloj de pulsera.

—Todo esto es muy interesante, pero ha llegado la hora de irme.

—Sí, nosotros también deberíamos hacerlo —dijo Marcos con la boca llena—, mamá dijo que estuviéramos para la cena.

—¡Cerdo! —le recriminó Iris.

Recogieron todo y se fueron juntos menos Javi y Virginia que debían ir en otra dirección.

Por el camino, Gorka se terminó su cerveza y la tiró en una papelera. Aceleró el paso y alcanzó a Eva que era quien iba en último lugar junto a Hugo. Marcos e Iris iban delante hablando animadamente. Ella jugueteaba con un colgante que siempre llevaba. Al verlo, al chico le entró curiosidad y le preguntó:

—¿Puedo verlo?

Ella lo miró de arriba abajo pero se lo mostró, aunque sin quitárselo del cuello, por lo que tuvo que verlo de una forma muy incómoda. Aunque parecía un reloj de arena, no era como cualquiera de los que hubiera visto hasta entonces: conformado por dos óvalos unidos por uno de sus extremos, reproducía el símbolo eterno del infinito, envuelto en unas finas tiras metálicas doradas que lo abrazaban ascendiendo a lo largo de su estructura. La arena de su interior era de un color azul zafiro muy atractivo.

—¿Qué es?

—No lo sé. Lo tengo desde pequeña.

—Nunca se lo quita —dijo Hugo—, seguro que hasta te duchas y duermes con él.

—¿Acaso te importa?

—Bueno, tú duermes abrazado a un peluche y nadie te dice nada —comentó Gorka guiñando un ojo a la chica que miró a Hugo y se echó a reír al punto que él se sonrojaba.

—¡Hace años que ya no duermo con él!

—Pues yo anoche te vi…

—¡Pero no mientas!

Hugo trató de alcanzar a su primo que se escondió tras ella y le sacó la lengua.

—¡Retíralo!

Eva fue la primera en despedirse, su portal era el más cercano al parque en el que habían estado. Se despidieron y ella sacó la llave para abrir la puerta. El puesto del portero ya estaba vacío, por lo que en el portal reinaba el silencio y la oscuridad, aunque esta duró poco, ya que las luces eran automáticas y se encendían al detectar movimiento.

El piso estaba vacío, seguramente Daniela y Rubén habrían salido al cine o a cenar. Eva dejó en su habitación la mochila pequeña que solía llevar cuando salía con sus amigos (le parecía más cómodo que un bolso), cogió una pequeña llave de un cajón de su cómoda y acto seguido regresó al salón. Respiró hondo y se concentró. El tic tac del reloj dejó de sonar. Recorrió la estancia pulsando varios interruptores bien escondidos hasta llegar al número cinco. No pasó nada hasta que el tic tac volvió a escucharse. Un cuadro de cuerpo entero que representaba a Yggdrasil se abrió como si fuera una puerta y dejó a la vista una gran caja fuerte. La chica introdujo la llave en la cerradura, la giró una vez a la derecha y puso el primer número de la combinación en la rueda; volvió a girar y así hasta cuatro veces, hasta que se escuchó un suave clic y pudo abrirla. Ante sus ojos vio varias prendas que empezó a colocarse: una peluca azul eléctrico con una larga trenza que dejó caer sobre su hombro derecho, botines de tacón de aguja bajo unos pantalones vaqueros, un corsé bajo una torera de manga corta (que únicamente usaba en invierno para taparse los hombros) y unos guantes finos que le llegaban casi hasta las axilas. Todo ello en negro, dejando destacar un cinturón de brillantes ceñido en la cintura. Como toque final un antifaz, también negro. Se miró en el espejo que había tras el cuadro y dejó entrever una pícara sonrisa.

—Hola, Hairblue.

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