Cuando se levantó al día siguiente se encontró que Daniela había preparado unas ricas tortitas con caramelo y nata. La boca se le hizo agua. Rubén estaba sentado en el sofá leyendo el periódico que Eva había comprado la noche anterior.

—Buenos días —saludó el hombre.

Ella respondió a su saludo con un bostezo mientras Daniela llevaba a la mesa del comedor un plato con el desayuno y un vaso de leche para la joven. Eva se sentó y empezó a degustarlas agradecida.

—Anoche llegaste tarde… —comentó la mujer.

La niña paró de comer al momento.

—Eso no te incumbe.

—Se supone que somos tus padres adoptivos.

—Tutores legales —corrigió la joven—. No olvidéis cuál es nuestro trato.

Se levantó y se llevó el plato y el vaso a su habitación. Daniela la observó un tanto preocupada.

—Déjala en paz, seguro que sabe cuidar de sí misma.

Se sentó al lado de su marido suspirando.

—Te estás encariñando con ella, ¿verdad?

—Siempre quisimos tener hijos y no pudimos por las circunstancias…

Él cogió su mano dejando de lado el periódico. Se habían conocido muy jóvenes y empezaron a salir al acabar el instituto. Sus familias nunca aprobaron su relación, por lo que se fueron a vivir juntos. Sin embargo, no tuvieron una vida fácil y acabaron cayendo en las drogas y la indigencia. Lo primero acabaron por dejarlo, pero de lo segundo era imposible salir. Hasta que, un buen día, llegó una niña de trece años que les ofreció una nueva vida llena de lujo, a cambio de que fueran sus tutores legales y de hacerse pasar por sus padres. Podrían viajar sin tener que trabajar, aunque ella solía hacer trabajos eventuales, podrían tener cuanto quisiera, una casa, una vida. Pero, sobre todo, lo que más deseaba Daniela: una hija. Sin embargo, Eva era bastante independiente, sólo les necesitaba por ser menor de edad, por evitar preguntas de terceros e indagaciones indiscretas. A cambio les había hecho prometer que no se meterían en su vida, pues de hacerlo, se rompería el trato y ellos deberían volver a su antigua vida.

—Dale tiempo, seguro que no es tan indiferente como aparenta ser.

La mujer le sonrió, agradecida por sus palabras. Ella tenía la esperanza de que así fuera, pero, ¿y si Eva no llegaba a sentir nada por ellos? ¿Y si al cumplir los dieciocho les echaba fuera de su casa y su vida? A esa edad ellos ya no le harían falta, y ambos lo sabían.

De modo que Daniela intentaba no agobiar a la joven ni meterse en sus cosas, pero a veces le salía la madre que tenía dentro. ¿Por qué tenía tanto dinero? Habían deducido que quizás se tratara de una herencia familiar. ¿Qué hacía por las noches? Sabían que salía a menudo, pero no a dónde ni por qué. ¿Y su familia? ¿Qué les había pasado? ¿No tenía a nadie más? Eran preguntas que la mujer no podía dejar de hacerse a diario.

Eva volvió a salir al rato de su habitación y llevó todo a la cocina. Los adultos estaban absortos viendo la televisión, aunque sabía que Daniela controlaba cada uno de sus movimientos. Regresó a su cuarto para vestirse, coger la mochila de clase y salir de nuevo.

—Me voy a casa de Marcos y Hugo para hacer un trabajo de historia.

—¿Vienes a comer? —preguntó Daniela.

—No lo sé, seguramente.

—Llama si… —se cortó al ver la mirada de advertencia de Eva—, lo digo por saber cuánto hacer de comida.

—Está bien. Hasta luego.

—Adiós —respondieron el hombre y la mujer.

Como era domingo, no se encontró con el portero en el portal como de costumbre.

Un aire agradable le acarició la cara nada más salir. El tiempo era estupendo, bastaba con ponerse una manga larga, aunque ya se veía a gente en manga corta. Ella se arremangó su chaqueta verde hasta la mitad del antebrazo y se puso en camino. Los mellizos no vivían lejos de su casa, tan solo a dos calles. Era una suerte, y especialmente que les hubiera tocado a ella y a Hugo juntos para el trabajo.

Llamó al telefonillo y dijo su nombre cuando escuchó la voz de una mujer por el interfono. Vivían en el tercer piso, por lo que decidió subir a pie. Se encontró con un vecino que la esperó manteniendo la puerta del ascensor abierta, pero ella señaló las escaleras, así que el hombre se metió dentro.

Se encontró la puerta entornada, se escuchaban gemidos tras ella. Era el perro de sus amigos, un cocker spaniel blanco y negro muy juguetón. La saludó alegremente y moviendo su corto rabo cuando ella empujó la puerta y entró, cerrando tras de sí.

—Hola, Robin —se agachó a acariciarle.

—Buenos días, Eva, ¿qué tal? ¿Quieres tomar algo?

La madre de los chicos era baja y regordeta, Marcos era quien más se parecía a ella.

—No, muchas gracias, acabo de desayunar.

—Hugo está en su habitación, ya me ha dicho que venías a hacer un trabajo con él.

La chica asintió y se dirigió a la habitación de su amigo. En el pasillo se encontró con su hermano que todavía iba en pijama.

—¿No habías quedado con Toni para hacer el trabajo de historia?

—Resulta que se va a no sé dónde con sus padres, así que quedaremos por la tarde.

—Se os va a echar el tiempo encima. ¿Y tu primo?

Él le indicó que se acercara y abrió la puerta de la habitación de al lado, mostrando a Gorka dormido sobre la cama emitiendo suaves ronquidos.

—En cuanto nos dejó en casa se fue de fiesta —susurró a la joven—. ¡Cómo vive! Llego a ser yo y mi madre seguro que ya me habría sacado de la cama para ponerme a limpiar… se nota que es su sobrino y no su hijo.

Eva sonrió.

—Madres… —murmuró y se encogió de hombros mientras él volvía a cerrar con suavidad.

—Bueno, yo me voy a desayunar, que os sea leve.

—Oh, sí, la Primera Guerra Mundial es muy leve.

Caminó hasta la última habitación, la de Hugo. Estaba sentado en su escritorio jugando a un juego de ordenador.

—¡Hola! Enseguida estoy contigo…

Su amiga dejó la mochila en el suelo y sacó el libro y su cuaderno de historia. Luego se sentó en la cama de él a esperar a que acabara la partida.

Les llevó varias horas terminar el trabajo, por lo que tuvo que quedarse a comer con ellos. Tras la comida le dieron los últimos retoques y lo pasaron a ordenador para llevarlo impreso al día siguiente.

—Voy al baño un momento.

Él asintió mientras ella se levantaba. El servicio estaba frente a la habitación de Marcos. Le pudo ver a través de una rendija tumbado en la cama leyendo.

Mientras se lavaba las manos, levantó la mirada para ver su reflejo en el espejo. Unos ojos marrones le devolvieron la mirada. Sin embargo, vio algo más tras de sí. Había un papel azul pegado en la pared, detrás de ella. Se giró secándose las manos y leyó en silencio lo que había escrito:

«¿Quién eres?».

El corazón se le paró en el acto. Era la misma caligrafía que la nota que encontró en el museo hacía dos noches. Contuvo la respiración y empezó a ponerse nerviosa. Trató de respirar hondo, dejó la toalla en su sitio y vio otra nota igual pegada en el espejo. ¿Cómo era posible? Hacía un momento no estaba allí… ¿o no se había dado cuenta? Imposible, la habría visto. Vio más en varias partes del baño, todas iguales, todas decían lo mismo.

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