Hugo llamó varias veces a la puerta del baño.

—¿Eva? ¿Estás bien? Llevas un rato ahí…

Su voz quedó congelada al igual que todo su cuerpo. La puerta se abrió y apareció la joven, que salió esquivando a su amigo estático. Se dirigió a su habitación rápidamente y la registró a fondo sin hallar lo que buscaba. La letra que había en las notas no era como la de Hugo, pero perfectamente podía haberla cambiado. Aunque tal vez no se tratara de Hugo… quizás era Marcos. Acudió rauda a la otra habitación; él se encontraba en la misma posición, aunque sus ojos no se movían ni pestañeaban. Hizo lo mismo. Nada. La tiara no estaba allí. ¿Quién más podía estar detrás de las notas? ¿Gorka? Imposible, ni siquiera estaba en la ciudad la noche del robo. Aunque por buscar también en su habitación no perdía nada. El primo de los mellizos había cambiado de postura, yacía bocarriba con la boca entreabierta y los ojos cerrados. No había acudido a comer con los demás, debía de haber llegado muy tarde tras salir de fiesta. No se entretuvo y buscó por los rincones más recónditos. No encontró nada. De todas formas, él dormía… ¿cómo podía haber puesto las notas en el baño? No, tenía que ser Hugo o Marcos.

Empezaba a dolerle la cabeza, así que regresó al baño y cerró la puerta. El tiempo volvió a seguir su curso y escuchó la voz de su amigo terminando su pregunta:

—…metida.

Fue a darse agua en la cabeza antes de responder cuando se percató de que las notas habían desaparecido. Se puso blanca. Examinó todo con la mirada. Ni rastro de ninguna hoja pequeña y verde. ¿Lo habría imaginado?

—¿Eva?

—Ya salgo —respondió con la cara mojada de agua bien fría.

Al abrir se encontró cara a cara con él.

—No me encuentro muy bien, creo que voy a marcharme ya. ¿Te importa terminarlo por mí?

—Claro, no te preocupes. ¿Necesitas que te acompañemos a casa?

—No, puedo ir sola. Gracias.

Fue a recoger sus cosas y se fue despidiéndose de los padres que estaban en el salón.

Ya en la calle respiró hondo y avanzó con calma en dirección hacia su casa, analizando lo que acababa de ocurrir. ¿Su imaginación le había jugado una mala pasada? Tal vez se estaba obsesionando demasiado con el hecho del robo. Los comentarios de sus amigos no le eran indiferentes: si la persona que se había llevado la tiara la estaba desafiando o si se trataba de un nuevo villano. Podía tratarse de un robo aislado, nada más. No era la única ladrona de la ciudad, aunque sí la más conocida y la mejor; de eso no cabía duda. Por eso quería dar con el autor y arrebatarle la tiara. Su reputación estaba en juego… eso y el nuevo complemento para su traje de noche. Se imaginó a sí misma con él y con la tiara sobre el pelo azul de la peluca, haciendo juego con el cinturón: perfecto.

Cuando entró le preguntaron qué tal se había dado el día. Les contestó de forma escueta y fue a ponerse un chándal para salir a correr un rato, ya que por la mañana no había podido.

Decidió ir al parque, pues con el buen día que hacía las calles estaban abarrotadas y tenía que zigzaguear demasiado para su gusto. El parque no es que estuviera mejor, pero al menos los caminos estaban más despejados. Hizo un descanso frente al lago, observando sus tranquilas aguas y el reflejo de las aves en ellas. Subió el volumen de la música para sentirse envuelta por ella y cerró los ojos. Su momento de relajación se vio interrumpido por la noche del robo y las notas que se había imaginado en el baño de la casa de Marcos y Hugo. Dio una patada en el suelo antes de ponerse a correr de nuevo y tratar de alejarse de ellos.

Llegó para la hora de cenar. Daniela tenía ya la mesa de la cocina preparada, con una apetecible ensalada y unos filetes empanados. Se duchó con rapidez para no hacerles esperar y que no se enfriara la cena y los tres se sentaron a la mesa. El silencio les envolvió; no solían tener muchos temas de los que hablar entre ellos. Alguna vez Daniela les contaba anécdotas de sus trabajos. Ese día hasta ella no tenía nada que decir.

—Está delicioso —alabó Eva a la cocinera.

Sus palabras sorprendieron a la mujer pero sonrió encantada.

—Me alegra que te guste.

Eva recogió su plato y fue a ver la televisión un rato con el móvil entre sus manos. Sus amigos estaban escribiendo desde hacía rato en un grupo que tenían. Principalmente hablaban del trabajo de historia y de las clases que tenían al día siguiente. No todos estaban en la misma clase, por lo que no tenían las asignaturas a la misma hora.

«¿Alguien sabe si este trabajo cuenta mucho para la nota final?», preguntaba Marcos.

«Por lo menos un veinte por ciento», respondió Eva mientras cambiaba de canal.

«Uf, pues espero que me salga bien el examen…»

«Por lo menos tenéis un trabajo que os da más posibilidades de aprobar», escribía Iris. «Nosotros nos lo jugamos todo en un examen».

«Pero es tipo test, tampoco te quejes tanto», le decía Hugo.

«¡Esos son los más difíciles con diferencia! Siempre van a pillar».

«Pues yo lo prefiero», dijo Virginia.

«Tú con tal de no dar un palo al agua», la picó Javi.

«Pues saco mejores notas que tú».

«Claro, con un padre profesor… ¡así cualquiera», dijo Marcos.

«El truco está en no ser un vago», apuntó Iris.

«¿Eso va por mí?», preguntó Marcos.

«¿Por quién si no?».

Esto dio comienzo a una pequeña pelea entre los dos a la que Eva no prestó atención. Había una serie policíaca que era más interesante que aquella conversación. Cuando llegaron los anuncios se acordó de nuevo del móvil y vio con exasperación que tenía casi ochenta mensajes nuevos.

—Buenas noches, Eva —le deseó Daniela.

—Que descanséis.

Ambos se metieron en su habitación. Ella volvió a centrarse en el móvil. La conversación había derivado hasta hablar de Hairblue y preguntarse si actuaría esa noche y dónde.

«Después del palo que se llevó seguro que estará tranquila durante un tiempo», afirmaba Virginia.

«O eso o quizás prepare algo gordo», comentó Javi.

«¿Cómo qué?», preguntó su vecina.

«¿Cómo voy a saberlo? Sólo digo que ha sido una humillación para ella el robo de la tiara, no ha debido de sentarle muy bien».

«En eso tienes razón», intervino Hugo.

Y no sabían hasta qué punto tenían razón.

«En fin, tendremos que esperar a mañana para enterarnos», escribió Iris.

«Gorka dice que seguramente esta noche actuará», les informó Marcos, haciendo de portavoz de su primo.

«¿Acaso es su secretario personal?», inquirió Iris con ironía.

«Jajajajaja», escribieron algunos, Eva entre ellos.

«¿Alguien está dispuesto a apostar», dijo Javi. «Venga, hagamos esto más interesante».

«¡Vale! Quien pierda debe ir el martes al instituto con la cara pintada… “¡Soy fan de Víver!» propuso Iris.

Víver era un cantante que se había hecho famoso nadie sabía cómo. Causaba sensación entre los chavales de once y doce años, a pesar de que sus canciones eran muy patéticas.

«¿Estás de broma? ¿Qué quieres, que nos peguen en el insti?», dijo Hugo.

«Ya sabemos quién es un cobarde», escribió Javi.

«¡De eso nada!».

«Venga, va. ¿Quién cree que Hairblue hará algo esta noche?», preguntó Iris impaciente.

Se pronunciaron Hugo, Javi y Virginia a favor. Iris y Marcos votaron en contra.

«Ey, falta Eva por decir», dijo Iris.

«¡Eso! Eva, ¿tú qué piensas que hará Hairblue esta noche?», le preguntó Virginia.

La joven apagó la televisión. Giró su cuerpo por completo hasta tener el cuadro de Yggdrasil en su campo de visión. Tras él estaba la caja fuerte que contenía su traje de noche, el traje de Hairblue. ¿Qué iba a hacer esa noche? ¿Debía salir y hacer ver que ella seguía siendo la mejor?

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